Hay momentos en los cuales el creyente siente que llegó a su límite. No es incredulidad. No es rebeldía. No es desobediencia. En esos momentos surge la pregunta: “Si todo depende de Dios… ¿por qué tengo que moverme YO? ¿No debería Él hacerlo TODO por Su gracia?”
Este devocional responde a esa inquietud profunda.
Hay días en los que la fe no canta, no sonríe, ni celebra. Solo resiste. No se siente fuerte ni inspirada, solo cansada y silenciosa. Pero incluso así, sigue siendo fe. No toda fe florece; algunas simplemente no se marchitan. Y eso basta.