Hay etapas de la vida en donde las circunstancias nos llevan dejar de hacer planes, no porque hayamos perdido la fe, sino porque nuestra fe se cansó de esperar. Nuestra alma sigue creyendo, pero ya sin la expectativa de los años mozos; ya no se piden milagros, solo se espera paz…
A eso se le puede llamar “esperanza envejecida”: ese tipo de que aún existe, pero camina lento, con las manos trémulas, entre la nostalgia y la ominosa línea de la resignación.
Muchos creyentes despiertan turbados por sueños de contenido erótico y se preguntan: ¿he pecado contra Dios?, ¿es impureza espiritual?, ¿significa que algo anda mal en mi corazón?
La Biblia enseña que Dios mira el corazón, no los sueños. Y esa verdad libera al creyente de una culpa innecesaria. Porque la pureza no se mide por lo que soñamos, sino por lo que elegimos cuando estamos despiertos.