Discernimiento cristiano:
- Andrés Huertas M.

- 14 jun
- 11 min de lectura
Una reflexión bíblica sobre ideología, conversión y discernimiento cristiano en tiempos electorales.
En medio de la actual contienda presidencial en Colombia, hay un fenómeno que debería inquietar profundamente a todo creyente que toma en serio las Escrituras: sectores que se identifican como cristianos están respaldando propuestas políticas que, al ser examinadas desde una cosmovisión bíblica, se apartan de principios esenciales de la fe; y, al mismo tiempo, atacan a un candidato opositor no tanto por sus propuestas, sino por su pasado, por su conversión relativamente reciente o por pertenecer a la tradición católica.

La pregunta no es si un cristiano puede tener distintas preferencias políticas. La pregunta más seria es otra: ¿puede un creyente justificar espiritualmente el apoyo a una agenda que contradice principios bíblicos sobre la vida, la familia, la identidad humana, la verdad, la justicia y el orden moral establecido por Dios?
La Biblia no nos llama a votar con fanatismo, pero sí nos llama a discernir. “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21). También nos advierte: “No os conforméis a este siglo” (Romanos 12:2). El cristiano no está llamado a repetir consignas de partido, sino a evaluar toda ideología bajo la autoridad de la Palabra de Dios.
No todo lenguaje religioso es obediencia a Dios
Uno de los errores más graves del creyente en tiempos políticos es confundir lenguaje compasivo, discurso social o promesas de justicia con fidelidad bíblica. La Escritura enseña justicia, misericordia y defensa del débil; pero nunca separa la justicia de la verdad, ni la compasión de la santidad, ni el amor del orden moral de Dios.
Una agenda puede hablar de inclusión, paz, igualdad o derechos, y aun así promover ideas que contradicen frontalmente la revelación bíblica sobre el ser humano, la familia y la moral. El cristiano debe tener cuidado con aquellas doctrinas políticas que, bajo el lenguaje de la bondad, terminan redefiniendo lo que Dios ya definió.
Isaías advirtió: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo!” (Isaías 5:20). Esa advertencia sigue vigente. No todo lo que se presenta como progreso es progreso ante Dios. No toda causa que se reviste de justicia es justa ante la Escritura. No todo discurso de amor procede del amor bíblico.
La familia no es una construcción ideológica: es diseño de Dios
Desde Génesis, la Escritura presenta al ser humano creado por Dios como varón y mujer: “Varón y hembra los creó” (Génesis 1:27). Jesús mismo ratifica ese diseño cuando enseña sobre el matrimonio: “¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo?” (Mateo 19:4).
Esto no autoriza al cristiano a maltratar, despreciar o violentar a nadie. Todo ser humano porta dignidad porque ha sido creado a imagen de Dios. Pero una cosa es afirmar la dignidad de toda persona, y otra muy distinta es aceptar que el Estado, la escuela o la cultura redefinan la identidad humana y la familia al margen de la verdad revelada.
El cristianismo no enseña odio. Pero tampoco enseña rendición doctrinal. Amar al prójimo no exige llamar verdad a lo que la Escritura no llama verdad. Acompañar con misericordia no significa aprobar toda conducta, toda ideología o toda política pública.
Por eso, cuando un creyente apoya sin reservas una agenda que promueve la redefinición de la familia, la normalización ideológica de la identidad de género y la imposición cultural de categorías contrarias al diseño bíblico, debe hacerse una pregunta incómoda: ¿estoy siguiendo a Cristo o estoy acomodando mi fe al espíritu de este siglo?
Dios sí puede usar a hombres imperfectos, recientes conversos e incluso antiguos opositores
Algunos descalifican al candidato opositor porque su conversión es reciente, porque antes pensaba distinto, o porque pertenece a la denominación católica. Pero ese argumento es bíblicamente débil.
La historia bíblica está llena de personas con pasados complejos, procedencias impuras, errores graves o trayectorias inicialmente contrarias al pueblo de Dios, que luego fueron usadas soberanamente por el Señor.
Saulo de Tarso fue perseguidor de la Iglesia. No era simplemente un crítico del cristianismo: perseguía a los discípulos de Cristo. Sin embargo, en el camino a Damasco, el Señor lo confrontó, lo quebrantó y lo transformó. Aquel perseguidor llegó a ser Pablo, apóstol de Jesucristo y uno de los mayores instrumentos en la expansión del Evangelio (Hechos 9).
También Moisés es un caso profundamente instructivo. Aunque era hebreo de nacimiento, fue criado en la casa de Faraón, dentro de la estructura política, cultural y religiosa de Egipto. La Escritura dice que fue “enseñado en toda la sabiduría de los egipcios” (Hechos 7:22), lo que implica una formación en el mundo intelectual, administrativo y religioso de una potencia pagana. Sin embargo, Dios tomó a ese hombre formado en la corte del imperio opresor y lo llamó para liberar a Israel.
Moisés no fue escogido porque su trayectoria fuera religiosamente impecable ni porque su entorno hubiera sido puro. Fue escogido porque Dios decidió llamarlo, quebrantarlo, formarlo en el desierto y enviarlo. De hecho, Hebreos afirma que, por la fe, Moisés rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón y escogió identificarse con el pueblo de Dios antes que disfrutar los privilegios temporales de Egipto (Hebreos 11:24-27).
Esto enseña algo esencial: el pasado cultural, político o institucional de una persona no necesariamente cancela su utilidad en las manos de Dios. El Señor puede tomar a alguien formado en ambientes ajenos a la fe, separarlo de aquello que no le pertenece, purificar sus motivaciones y convertirlo en instrumento para una obra mayor. Pero conviene precisar una verdad, Moisés primero fue purificado en sus motivaciones, transformado en sus ideologías para luego ser convertido en instrumento para la obra de Dios.
Ciro, rey persa, no era israelita ni pertenecía al pacto mosaico, y aun así Dios lo llamó “mi pastor” y “mi ungido” en el sentido de instrumento histórico para liberar a su pueblo y permitir el retorno del exilio (Isaías 44:28; 45:1; Esdras 1:1-4).
Nabucodonosor fue rey de Babilonia, conquistador, soberbio e idólatra. Sin embargo, después de ser humillado, reconoció que el Altísimo gobierna sobre el reino de los hombres (Daniel 4:34-37).
Darío, después de ver la protección de Dios sobre Daniel en el foso de los leones, emitió un decreto para que en su reino se temiera al Dios vivo de Daniel (Daniel 6:25-27).
Rahab venía de un contexto moralmente quebrado y de una ciudad pagana, pero por la fe protegió a los espías de Israel y aparece luego en la genealogía del Mesías (Josué 2; Mateo 1:5; Hebreos 11:31).
La Escritura no enseña que el pasado de una persona sea irrelevante. Pero sí enseña que el pasado no tiene la última palabra cuando Dios interviene.
Por tanto, descalificar a un hombre por haber llegado recientemente a la fe, por haber sido antes incrédulo, por tener un pasado ideológico distinto o por pertenecer a una tradición cristiana diferente, no es necesariamente discernimiento espiritual. Puede ser, más bien, fariseísmo disfrazado de celo doctrinal.
Filipenses 1:15-18 y el principio de no despreciar instrumentos imperfectos
Pablo escribió que algunos predicaban a Cristo por envidia o contienda, y otros de buena voluntad. Sorprendentemente, su conclusión fue: “¿Qué, pues? Que no obstante, de todas maneras, o por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado; y en esto me gozo” (Filipenses 1:18).
Pablo no estaba aprobando malas motivaciones. Tampoco estaba diciendo que todo instrumento es puro. Lo que estaba diciendo es que la causa de Cristo puede avanzar aun mediante personas imperfectas, motivaciones mezcladas y contextos difíciles.
Aplicado al discernimiento público, esto no significa canonizar a ningún candidato. Significa que el creyente no debería descartar automáticamente a alguien porque su conversión sea reciente, porque no venga de nuestra denominación o porque su pasado no encaje con nuestro ideal religioso.
La pregunta bíblica no es: “¿Este hombre siempre fue como nosotros?”. La pregunta más seria es: “¿Qué frutos, qué principios y qué dirección pública está defendiendo hoy?”.
Jesús dijo: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16). No dijo: “Por su denominación los conoceréis”. Tampoco dijo: “Por la antigüedad de su conversión los conoceréis”.
Católico no significa automáticamente idólatra
Desde una perspectiva evangélica, existen diferencias doctrinales serias con el catolicismo romano. Sería ingenuo negarlo. Hay debates históricos sobre imágenes, tradición, autoridad eclesial, sacramentos y mediación.
Pero una cosa es sostener diferencias doctrinales, y otra muy distinta es afirmar de manera ligera que todo católico es idólatra o que ningún católico puede ser cristiano.
La salvación no se recibe por etiqueta denominacional, sino por gracia, mediante la fe en Jesucristo (Efesios 2:8-9). El Nuevo Testamento no nos autoriza a declarar inconverso a todo aquel que no pertenece a nuestra tradición eclesial. Sí nos llama a examinar doctrina, fruto, confesión de Cristo y obediencia.
Por tanto, atacar a un candidato por ser católico mientras se justifica a otro cuya agenda política promueve principios contrarios al diseño bíblico revela una incoherencia grave. Se cuela el mosquito denominacional, pero se traga el camello ideológico.
El cristiano no debe entregar su conciencia a la izquierda, a la derecha ni a ningún caudillo
Este artículo no pretende afirmar que un candidato sea impecable ni que otro sea demoníaco. Ningún político es Mesías. Colombia no necesita una idolatría de derecha ni una idolatría de izquierda. El único Salvador es Cristo.
Pero precisamente por eso, el creyente debe negarse a relativizar la verdad bíblica por simpatía política. Si una agenda contradice principios fundamentales de la Escritura, no basta con que use palabras como justicia, paz, inclusión o amor. La serpiente también supo usar palabras religiosas en el Edén.
El cristiano debe preguntarse:
¿Esta propuesta honra la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural?
¿Respeta la familia como diseño de Dios?
¿Reconoce la libertad religiosa sin subordinarla a una ingeniería ideológica del Estado?
¿Llama pecado a lo que Dios llama pecado, o pretende que el creyente calle para no parecer intolerante?
¿Defiende al inocente y enfrenta al criminal, o termina justificando al violento por razones ideológicas?
¿Promueve reconciliación con justicia, o paz sin verdad?
¿Protege a los niños, o los convierte en campo de disputa cultural?
Estas preguntas no son de derecha ni de izquierda. Son preguntas de cosmovisión cristiana.
La paz bíblica no es impunidad frente al crimen
Otro reproche frecuente contra quienes proponen enfrentar con firmeza al crimen organizado, al narcotráfico y al terrorismo consiste en calificarlos de “guerreristas”. Según esa lectura, un cristiano no debería respaldar a un candidato que anuncia mano firme contra estructuras criminales, capturas, judicialización y cárcel para quienes destruyen comunidades enteras. Pero esa crítica merece ser examinada bíblicamente.
La Escritura no presenta la paz como simple ausencia de confrontación. La paz bíblica está unida a la justicia, a la verdad y a la protección del inocente. Una paz que deja intacto al victimario, abandona a la víctima y permite que el violento siga oprimiendo al débil no es la paz de Dios; es una tregua moralmente enferma.
El cristiano está llamado a perdonar personalmente, a no vengarse y a no responder al mal con mal. Pero esa ética personal no elimina la función pública de la autoridad civil. Pablo enseña que la autoridad “no en vano lleva la espada”, porque es “servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo” (Romanos 13:4). Pedro, en el mismo sentido, afirma que los gobernantes han sido enviados “para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen bien” (1 Pedro 2:14).
Por tanto, no es antibíblico que el Estado actúe con firmeza contra criminales, terroristas, narcotraficantes, secuestradores y reclutadores de niños. Lo antibíblico sería que el Estado se vuelva cruel, arbitrario, vengativo o injusto. La mano firme que protege al inocente es distinta de la mano abusiva que atropella la ley. El cristiano puede respaldar una política de seguridad fuerte siempre que esté sometida a la justicia, al debido proceso, a la proporcionalidad y a la defensa de la vida inocente.
La Biblia no llama virtud a la pasividad frente al mal. Proverbios dice: “Alegría es para el justo hacer juicio; mas destrucción a los que hacen iniquidad” (Proverbios 21:15). Y el salmista clama: “Defended al débil y al huérfano; haced justicia al afligido y al menesteroso. Librad al afligido y al necesitado; libradlo de mano de los impíos” (Salmo 82:3-4). Defender al débil no siempre consiste en dialogar con el agresor; muchas veces exige detenerlo.
Esto no significa que todo diálogo sea malo. La búsqueda de salidas negociadas puede ser legítima cuando conduce al arrepentimiento, a la entrega real de las armas, a la reparación de las víctimas, a la verdad y al sometimiento efectivo a la justicia. Pero cuando los grupos armados usan los diálogos para fortalecerse, expandirse, reclutar menores, traficar, secuestrar o seguir sometiendo territorios, insistir en una paz sin consecuencias puede convertirse en complicidad moral.
Jesús dijo: “Bienaventurados los pacificadores” (Mateo 5:9), pero el pacificador bíblico no es quien maquilla el mal ni quien llama paz a la impunidad. El pacificador es quien trabaja por una reconciliación fundada en la verdad y la justicia. Sin justicia, la paz se vuelve consigna; sin verdad, se vuelve propaganda; sin protección del inocente, se vuelve abandono.
Por eso, llamar “guerrerista” a todo aquel que propone enfrentar con firmeza al crimen puede ser una forma de manipulación moral. La pregunta correcta no es si el Estado debe o no enfrentar el mal. La pregunta correcta es si lo hará con justicia, con límites, con respeto por la ley y con una prioridad clara: proteger a los inocentes y castigar a quienes destruyen vidas, familias y comunidades.
El peligro de apoyar una falsa doctrina política con lenguaje cristiano
Una falsa doctrina no siempre aparece en un púlpito. A veces aparece en un programa político, en una política pública, en una consigna cultural o en una promesa de redención social sin arrepentimiento, sin verdad y sin Dios.
Cuando una ideología redefine al ser humano, relativiza la familia, diluye la diferencia entre verdad y mentira, presenta la moral bíblica como atraso, y exige que la Iglesia se arrodille ante el consenso cultural, el creyente debe encender las alarmas.
El cristiano puede y debe preocuparse por los pobres, las víctimas, los excluidos y los vulnerables. Pero no necesita comprar una agenda antibíblica para hacerlo. La justicia social sin verdad bíblica termina convirtiéndose en ingeniería ideológica. Y la compasión sin santidad termina justificando aquello que Dios llama al arrepentimiento.
Conclusión: votar también es un acto de mayordomía espiritual
El voto no salva. El candidato no redime. El partido no santifica. Ninguna candidatura merece ocupar el lugar que solo le corresponde a Cristo. Pero eso no significa que la decisión política sea espiritualmente indiferente. El voto también revela qué principios estamos dispuestos a defender, qué males estamos dispuestos a tolerar, qué verdades estamos dispuestos a callar y qué visión del ser humano, de la familia, de la justicia y de la nación estamos dispuestos a respaldar.
Por eso, el creyente no puede evaluar una propuesta política únicamente por simpatía personal, sensibilidad social, tradición familiar, afinidad partidista o rechazo emocional hacia otro candidato. Debe examinarla delante de Dios, bajo la autoridad de la Escritura y con una conciencia cautiva a Cristo, no a la presión cultural ni al relato ideológico dominante.
Una agenda que redefine la familia al margen del diseño de Dios, que relativiza la identidad humana, que convierte a los niños en territorio de experimentación cultural, que llama progreso a lo que la Escritura no llama verdad, y que habla de paz mientras suaviza la responsabilidad moral y penal de quienes destruyen comunidades, no puede ser abrazada ingenuamente por quienes confiesan a Cristo como Señor.
Al mismo tiempo, el cristiano debe cuidarse de caer en un juicio farisaico contra quien viene de otra tradición cristiana, tiene una conversión reciente o carga con un pasado imperfecto. La Biblia muestra una y otra vez que Dios puede usar a hombres formados en contextos ajenos a la fe, antiguos perseguidores, gobernantes paganos, personas quebradas y recién transformadas para cumplir sus propósitos. El punto no es canonizar a nadie, sino discernir frutos, principios, dirección pública y coherencia con valores compatibles con la verdad bíblica.
Tampoco es contrario a la fe respaldar una autoridad civil que prometa enfrentar con firmeza al crimen, siempre que esa firmeza esté sometida a la ley, a la justicia, al debido proceso y a la protección de los inocentes. La paz bíblica no es impunidad, ni silencio ante el mal, ni abandono de las víctimas. La paz verdadera necesita verdad, justicia, arrepentimiento, reparación y límites reales frente al violento.
Por tanto, al creyente que hoy apoya una agenda progresista contraria a principios esenciales de la doctrina bíblica, habría que decirle con respeto, pero con firmeza: revisa tu fundamento. No confundas compasión con rendición doctrinal. No confundas paz con permisividad frente al crimen. No confundas inclusión con aceptación acrítica de toda ideología. No confundas justicia social con una visión del mundo que desplaza a Dios del centro y redefine lo que Él ya estableció.
Y al creyente que descalifica al opositor por su pasado, por su conversión reciente o por su procedencia católica, habría que recordarle que Dios no está limitado por nuestros filtros denominacionales ni por nuestras cronologías religiosas. El Señor ha usado perseguidores, extranjeros, reyes paganos, hombres formados en imperios idólatras y personas profundamente imperfectas para cumplir su voluntad en la historia.
La pregunta final no debería ser: “¿Qué candidato pertenece más a mi tribu política?”. Tampoco: “¿Cuál me resulta más cómodo emocionalmente?”. La pregunta más seria es: “¿Qué decisión puedo tomar delante de Dios con una conciencia limpia, defendiendo la verdad, protegiendo al inocente, honrando la familia, resistiendo la mentira y procurando una paz que no sacrifique la justicia?”.
Porque en tiempos de confusión, el cristiano no está llamado a repetir consignas de izquierda ni de derecha. Está llamado a pensar bíblicamente, discernir espiritualmente, hablar con verdad, votar con responsabilidad y recordar que, por encima de toda elección terrenal, Cristo sigue siendo Rey.
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Por encima de toda elección terrenal, Cristo sigue siendo Rey




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