Existen etapas en la vida donde la fe parece agotarse entre días interminables y noches silenciosas. Oramos, creemos, esperamos… pero no sucede nada. Las puertas siguen cerradas, los recursos escasos, el corazón vacío.
Hay días en los que la fe no canta, no sonríe, ni celebra. Solo resiste. No se siente fuerte ni inspirada, solo cansada y silenciosa. Pero incluso así, sigue siendo fe. No toda fe florece; algunas simplemente no se marchitan. Y eso basta.