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Carta abierta a la comunidad cristiana

Una invitación al discernimiento bíblico frente a la ideología, la falsa paz y las decisiones electorales

Colombia, junio de 2026


“Examinadlo todo; retened lo bueno.”

1 Tesalonicenses 5:21



Queridos hermanos y hermanas en Cristo

Escribo esta carta abierta con respeto, pero también con profunda preocupación espiritual. No la escribo desde el fanatismo partidista, ni desde el deseo de imponer una preferencia política como si fuera dogma de fe. La escribo como una invitación a detenernos, abrir las Escrituras, examinar nuestra conciencia delante de Dios y preguntarnos si nuestras decisiones públicas están siendo guiadas por la doctrina del Reino o por la presión de una ideología presentada con lenguaje de justicia, paz e inclusión.


Esta carta está dirigida a toda la comunidad cristiana, pero especialmente a aquellos hermanos que hoy apoyan abiertamente la campaña presidencial del candidato progresista de izquierda. No escribo para descalificar su sinceridad, ni para negar su preocupación por los pobres, las víctimas o los excluidos. Esas preocupaciones son legítimas y profundamente bíblicas cuando nacen del amor a Dios y al prójimo. Pero sí escribo para advertir que no toda agenda que usa palabras nobles procede necesariamente de la verdad de Cristo.


La pregunta que debemos hacernos no es simplemente: ¿qué candidato me cae mejor?, ¿qué discurso me conmueve más?, ¿qué sector político parece más sensible socialmente?, o ¿qué opinión domina en mi entorno? La pregunta más seria es esta: ¿puede un creyente respaldar sin conflicto espiritual una agenda que redefine la familia, relativiza la identidad humana, convierte la moral bíblica en objeto de burla cultural y propone una paz que muchas veces parece más indulgente con el victimario que protectora del inocente?


La fe cristiana no puede ser absorbida por la ideología

La Biblia no nos llama a votar con fanatismo, pero sí nos llama a discernir. Pablo exhorta: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21). Y también se nos advierte: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento” (Romanos 12:2). Esto significa que el cristiano no puede entregar su conciencia a una tribu política, a una corriente cultural, a un caudillo, a una emoción colectiva o a un relato ideológico dominante.


Una ideología puede hablar de compasión, inclusión, derechos, paz y justicia social, y aun así estar construida sobre presupuestos contrarios a la revelación bíblica. El lenguaje noble no santifica una doctrina falsa. La serpiente también supo usar palabras sugestivas en el Edén. Por eso, el creyente no debe evaluar una propuesta solo por las palabras que usa, sino por la visión del ser humano, de la familia, de la verdad, del pecado, de la justicia y de la autoridad que sostiene detrás de esas palabras.

Isaías pronunció una advertencia que sigue vigente: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo!” (Isaías 5:20). Cuando una cultura llama progreso a la confusión moral, libertad a la rebelión contra el diseño de Dios, amor a la rendición doctrinal, y paz a la impunidad, la Iglesia no puede aplaudir sin discernimiento. Debe amar, servir y anunciar gracia, pero también debe hablar verdad.


“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento.”

Romanos 12:2


No todo lenguaje religioso es obediencia a Dios

Queridos hermanos, una de las trampas espirituales más sutiles de nuestro tiempo consiste en revestir de lenguaje religioso aquello que, en su fondo, no nace de la obediencia a Dios. Una propuesta puede hablar de amor, paz, inclusión, dignidad, reconciliación o espiritualidad, y aun así conducir a la Iglesia a relativizar verdades que Cristo no nos autorizó a negociar.


La Escritura enseña justicia, misericordia y defensa del débil; pero nunca separa la justicia de la verdad, ni la misericordia del arrepentimiento, ni el amor de la santidad. Por eso, el creyente debe examinar no solo las palabras de una agenda política, sino el espíritu que la sostiene, la visión del ser humano que promueve, la idea de familia que defiende, la noción de libertad que propone y el lugar que concede a la autoridad de la Palabra de Dios.


No todo discurso que menciona a los pobres es automáticamente bíblico. No toda invocación de la paz procede de la paz de Cristo. No toda apelación a la inclusión respeta la verdad revelada. No toda defensa de la libertad protege realmente la conciencia cristiana. A veces, las palabras nobles pueden funcionar como envoltura de una doctrina que, poco a poco, desplaza a Dios del centro y somete la fe a las ideas dominantes de la época.


Jesús advirtió que no basta con invocar su nombre: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21). Esta advertencia también debe aplicarse al terreno público. No basta con que una propuesta use palabras moralmente atractivas; debe ser examinada a la luz de la voluntad de Dios revelada en las Escrituras.


Por eso, la Iglesia debe cuidarse de una fe domesticada por la ideología. Cristo no llamó a su pueblo a ser adorno espiritual de ningún proyecto político, sino columna y baluarte de la verdad (1 Timoteo 3:15). Cuando el lenguaje religioso se usa para suavizar el pecado, redefinir la familia, relativizar la verdad o llamar paz a lo que no produce justicia, el creyente debe detenerse y discernir.


Cuando la libertad religiosa se convierte en reeducación ideológica

También conviene examinar con atención aquellas propuestas que incluyen a las iglesias dentro de planes de libertad religiosa, pluralismo, espiritualidad, cultura de paz o diálogo interreligioso. En principio, nada de eso es reprochable. El Estado debe garantizar la libertad de cultos y proteger a todas las comunidades de fe frente a la persecución, la violencia o la discriminación. El cristiano puede defender esa libertad incluso para quienes no creen como él.


El problema aparece cuando la libertad religiosa deja de ser una garantía para predicar, enseñar, congregarse y vivir conforme a la fe, y empieza a convertirse en una herramienta para alinear a las iglesias con una agenda ideológica definida desde el poder político. Allí la pregunta ya no es si la Iglesia será reconocida, sino bajo qué condiciones será reconocida; no si podrá participar, sino si deberá adaptar su mensaje para ser considerada legítima en el espacio público.


Cuando una propuesta política describe a las comunidades religiosas principalmente como actores espirituales, culturales, sociales o constructores de paz, pero al mismo tiempo las subordina a marcos de laicidad, diversidad, no estigmatización e igualdad definidos por el Estado, el creyente debe preguntar: ¿se está protegiendo realmente la libertad de la Iglesia o se está intentando domesticar su voz profética?


La Iglesia no existe solo para acompañar procesos sociales, promover convivencia o aportar lenguaje espiritual a la política. La Iglesia existe para proclamar que Jesucristo es Señor, anunciar el Evangelio, llamar al arrepentimiento, enseñar la Palabra, formar discípulos y obedecer a Dios antes que a los hombres (Hechos 5:29). Si un plan público pretende aceptar a la Iglesia únicamente cuando esta no incomoda, no confronta y no contradice la ideología dominante, entonces no está defendiendo verdadera libertad religiosa, sino una libertad condicionada.


Desde una doctrina cristocéntrica, Cristo no es una inspiración ética entre muchas ni un símbolo religioso disponible para adornar discursos de paz. Él es “el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6). Por eso, ninguna política pública debería exigir, abierta o soterradamente, que la Iglesia cambie arrepentimiento por validación, verdad por neutralidad moral, cruz por activismo, o Evangelio por lenguaje ideológico.


Hermanos, no todo reconocimiento estatal a las iglesias es necesariamente protección espiritual. A veces, una agenda puede reconocer a las comunidades de fe en apariencia, mientras intenta redefinir su misión, limitar su palabra pública y someter su conciencia a las ideas dominantes del momento. La verdadera libertad religiosa no consiste en permitir que la Iglesia exista como actor decorativo de la sociedad, sino en respetar su derecho a predicar a Cristo, enseñar la Escritura, defender la familia, llamar al pecado por su nombre y obedecer al Señor por encima de cualquier presión política.


La familia no es una construcción política: es diseño de Dios

Desde el principio, la Escritura presenta al ser humano creado por Dios como varón y mujer: “Varón y hembra los creó” (Génesis 1:27). Jesús mismo ratificó ese fundamento cuando enseñó sobre el matrimonio: “¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo?” (Mateo 19:4). Para el cristiano, la familia no es una estructura disponible para ser redefinida por cada generación, sino una institución establecida por Dios.


Esto no autoriza a maltratar, despreciar, insultar o violentar a nadie. Todo ser humano porta dignidad porque ha sido creado a imagen de Dios. La Iglesia debe tratar con misericordia, paciencia y compasión a toda persona. Pero una cosa es afirmar la dignidad del prójimo y otra muy distinta es aceptar que el Estado, la escuela o la cultura impongan una antropología contraria a la Palabra de Dios, esto es, una visión del ser humano contraria a lo que la Palabra de Dios enseña sobre la identidad, la familia, el cuerpo, la sexualidad y la dignidad humana.


Amar al prójimo no exige llamar verdad a lo que Dios no llama verdad. Acompañar con misericordia no significa aprobar toda conducta, toda ideología o toda política pública. El cristianismo no enseña odio, pero tampoco enseña rendición doctrinal. Por eso, cuando un creyente respalda una agenda que promueve la redefinición de la familia, la normalización ideológica de la identidad de género y la formación de niños bajo categorías contrarias al diseño bíblico, debe preguntarse con honestidad: ¿estoy siguiendo a Cristo o estoy acomodando mi fe al espíritu de este siglo?


A los hermanos que apoyan la agenda progresista de izquierda

Hermanos, esta carta no busca negar su sensibilidad social ni su deseo de justicia. La fe cristiana nos llama a mirar al pobre, al huérfano, a la viuda, al extranjero, al oprimido y al vulnerable. Pero precisamente porque la justicia bíblica es santa, no podemos confundirla con una agenda que desplaza a Dios del centro y redefine la verdad a partir de consensos ideológicos.


No toda propuesta que habla de los débiles defiende realmente al débil. No toda política que invoca la paz produce justicia. No toda consigna de inclusión respeta la verdad. No todo discurso que promete igualdad reconoce el orden moral de Dios. Y no todo candidato que usa lenguaje social encarna una visión compatible con el Reino.

Por eso, les invito a revisar con oración y Escritura si el apoyo a esa campaña nace verdaderamente de una conciencia sometida a Cristo o de una identificación emocional con una narrativa política. Les invito a preguntarse si no estamos usando el nombre de Jesús para justificar una doctrina que, en asuntos esenciales de vida, familia, sexualidad, verdad, justicia y autoridad, camina en dirección opuesta a sus enseñanzas.


La paz bíblica no es impunidad frente al crimen

También es necesario hablar de la seguridad y de la justicia. Algunos critican al candidato opositor, Abelardo De La Espriella, por afirmar que enfrentará con mano firme al crimen organizado, al narcotráfico y al terrorismo, y lo califican de “guerrerista”. Al mismo tiempo, se presenta como más cristiana una agenda que insiste en diálogos de paz, pero que muchas veces no subraya con igual fuerza la responsabilidad penal, el sometimiento real a la justicia, la reparación de las víctimas y la protección efectiva de los inocentes.


El cristiano debe tener cuidado con una falsa espiritualidad que confunde paz con permisividad. La Escritura no presenta la paz como simple ausencia de confrontación. La paz bíblica está unida a la justicia, a la verdad y a la protección del débil. Una paz que deja intacto al victimario, abandona a la víctima y permite que el violento siga oprimiendo territorios, reclutando menores, secuestrando, traficando y destruyendo familias no es la paz de Dios; es una tregua moralmente enferma.


El creyente está llamado a perdonar personalmente, a no vengarse y a no responder al mal con mal. Pero esa ética personal no elimina la función pública de la autoridad civil. Pablo enseña que la autoridad “no en vano lleva la espada”, porque es “servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo” (Romanos 13:4). Pedro afirma que los gobernantes han sido enviados “para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen bien” (1 Pedro 2:14).


Por tanto, no es antibíblico que el Estado actúe con firmeza contra criminales, terroristas, narcotraficantes, secuestradores y reclutadores de niños. Lo antibíblico sería que el Estado actúe con crueldad, arbitrariedad, venganza o desprecio por la ley. La mano firme que protege al inocente es distinta de la mano abusiva que atropella la justicia. El cristiano puede respaldar una política de seguridad fuerte cuando esta se somete al debido proceso, a la proporcionalidad, al respeto por la vida inocente y a la defensa del ciudadano indefenso.


Jesús dijo: “Bienaventurados los pacificadores” (Mateo 5:9), pero el pacificador bíblico no es quien maquilla el mal ni quien llama paz a la impunidad. El pacificador trabaja por una reconciliación fundada en verdad, justicia, arrepentimiento y reparación. Incluso cuando Jesús dijo: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada” (Mateo 10:34), no estaba promoviendo violencia política, sino mostrando que la verdad de su Reino produciría división frente a quienes la rechazan. La paz de Cristo nunca se construye negando la verdad.


“No en vano lleva la espada; pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo.”

Romanos 13:4


Cuando la Iglesia es amenazada, no debe entregar su conciencia

También debemos levantar una voz de oración, solidaridad y firmeza frente a una realidad dolorosa: en distintas regiones del país, iglesias cristianas, pastores y líderes de fe están siendo presionados, intimidados o amenazados por grupos armados al margen de la ley, entre ellos estructuras asociadas a las disidencias de las FARC y al ELN. No se trata solo de violencia contra personas particulares; se trata de un ataque directo contra la libertad de conciencia, la libertad religiosa y la dignidad espiritual de comunidades enteras.


Cuando un grupo armado pretende decirle a una iglesia qué puede predicar, qué candidato debe apoyar, qué debe callar o cómo debe orientar a sus miembros, no estamos ante una simple disputa política. Estamos ante una forma de esclavitud moral. Ningún fusil, ningún panfleto, ninguna amenaza y ningún actor armado tiene autoridad para gobernar la conciencia de los hijos de Dios.


A los pastores, líderes y hermanos que viven bajo presión, les recordamos la palabra del Señor a Josué: “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas” (Josué 1:9). Esa valentía no significa imprudencia, exposición innecesaria o desprecio por la vida. Significa no entregar la conciencia, no vender la verdad, no permitir que el miedo decida por nosotros y no permitir que los violentos ocupen el lugar que solo le corresponde a Dios.


La Iglesia debe actuar con sabiduría. Jesús también dijo: “Sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas” (Mateo 10:16). Por eso, frente a amenazas reales, las congregaciones deben proteger a sus familias, documentar lo ocurrido, buscar acompañamiento pastoral, activar rutas legales de protección y denunciar ante las autoridades competentes cuando sea posible y seguro hacerlo. La valentía cristiana no es temeridad; es fidelidad con discernimiento.


Pero una cosa debe quedar clara, el voto, la predicación, la conciencia y la obediencia a Cristo no pueden ser secuestrados por estructuras criminales. Cuando los apóstoles fueron presionados para callar, respondieron: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29). Esa sigue siendo la postura de la Iglesia cuando cualquier poder humano, legal o ilegal, pretende imponer silencio, miedo o sometimiento espiritual.


Por eso, hermanos, no cedamos ante el constreñimiento. No permitamos que el temor reemplace la oración, que la amenaza reemplace la convicción, ni que la violencia determine lo que solo debe decidirse delante de Dios. Oremos por los pastores amenazados, acompañemos a las iglesias vulnerables, pidamos protección para sus familias y clamemos para que el Señor sostenga a su pueblo en las regiones donde seguir a Cristo implica riesgo, presión y dolor.


La Iglesia de Cristo no está llamada a provocar violencia, pero tampoco a arrodillarse ante ella. Está llamada a permanecer firme, a hablar verdad con sabiduría, a proteger la vida, a resistir el miedo y a recordar que ninguna estructura armada, ningún partido y ningún poder de este mundo tiene la última palabra sobre el pueblo de Dios.

 

Dios puede usar instrumentos imperfectos y conversiones recientes

Otro argumento que algunos creyentes han usado contra el candidato opositor consiste en descalificarlo por su conversión relativamente reciente, por su pasado, por su estilo confrontativo o por pertenecer a la tradición católica. Conviene examinar ese argumento con cuidado, porque puede revelar más prejuicio religioso que discernimiento bíblico.


La historia bíblica está llena de personas con pasados complejos, trayectorias impuras, errores graves, formaciones ajenas al pueblo de Dios o incluso oposición directa a la fe, que fueron alcanzadas y usadas soberanamente por el Señor. Saulo de Tarso fue perseguidor de la Iglesia. No era simplemente un crítico del cristianismo, perseguía a los discípulos de Cristo. Sin embargo, en el camino a Damasco, el Señor lo confrontó, lo quebrantó y lo transformó. Aquel perseguidor llegó a ser Pablo, apóstol de Jesucristo y uno de los mayores instrumentos en la expansión del Evangelio (Hechos 9).


Moisés también es profundamente instructivo. Aunque era hebreo de nacimiento, fue criado en la casa de Faraón, dentro de la estructura política, cultural y religiosa de Egipto. La Escritura dice que fue “enseñado en toda la sabiduría de los egipcios” (Hechos 7:22). Sin embargo, Dios tomó a ese hombre formado en la corte del imperio opresor, quebrantó sus motivaciones, lo formó en el desierto y lo llamó para liberar a Israel. Hebreos afirma que, por la fe, Moisés rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón y escogió identificarse con el pueblo de Dios antes que disfrutar los privilegios temporales de Egipto (Hebreos 11:24-27).


Ciro, rey persa, no pertenecía al pacto mosaico, y aun así Dios lo llamó “mi pastor” y “mi ungido” en el sentido de instrumento histórico para permitir el retorno del exilio (Isaías 44:28; 45:1; Esdras 1:1-4).


Nabucodonosor fue soberbio e idólatra, pero después de ser humillado reconoció que el Altísimo gobierna sobre el reino de los hombres (Daniel 4:34-37).

Darío, impactado por la protección de Dios sobre Daniel, ordenó que en su reino se temiera al Dios vivo (Daniel 6:25-27).


Rahab venía de una ciudad pagana y de un contexto moralmente quebrado, pero por la fe fue incorporada a la historia redentora (Josué 2; Mateo 1:5; Hebreos 11:31).


Esto no significa que debamos canonizar a ningún candidato ni suspender el examen de sus frutos. Significa que no podemos descartar automáticamente a alguien porque su conversión sea reciente, porque venga de una tradición cristiana distinta, porque su pasado no encaje con nuestro ideal religioso o porque Dios lo esté tratando en medio de un proceso todavía imperfecto. Jesús dijo: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16). No dijo: “Por la antigüedad de su conversión los conoceréis”.


Católico no significa automáticamente idólatra

Como evangélicos, podemos reconocer diferencias doctrinales serias con el catolicismo romano. Sería ingenuo negarlo. Existen debates históricos sobre imágenes, tradición, autoridad eclesial, sacramentos y mediación. Pero una cosa es sostener diferencias doctrinales, y otra muy distinta es afirmar de manera ligera que todo católico es idólatra o que ningún católico puede ser cristiano.


La salvación no se recibe por etiqueta denominacional, sino por gracia, mediante la fe en Jesucristo (Efesios 2:8-9). El Nuevo Testamento no autoriza a declarar inconverso a todo aquel que no pertenece a nuestra tradición eclesial. Sí nos llama a examinar doctrina, fruto, confesión de Cristo y obediencia.


Por eso, atacar a un candidato por su procedencia católica mientras se justifica a otro cuya agenda política promueve principios contrarios al diseño bíblico revela una incoherencia grave. Se cuela el mosquito denominacional, pero se traga el camello ideológico.


Filipenses 1:15-18 y el deber de no despreciar instrumentos imperfectos

Pablo escribió que algunos predicaban a Cristo por envidia o contienda, y otros de buena voluntad. Su conclusión fue sorprendente: “¿Qué, pues? Que no obstante, de todas maneras, o por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado; y en esto me gozo” (Filipenses 1:18).


Pablo no estaba aprobando malas motivaciones ni diciendo que todo instrumento fuera puro. Estaba reconociendo que la causa de Cristo puede avanzar aun en medio de personas imperfectas, motivaciones mezcladas y contextos difíciles. Aplicado al discernimiento público, esto no significa que debamos convertir a un político en pastor, profeta o mesías. Significa que no debemos rechazar de entrada a alguien por no venir de nuestro círculo religioso o por tener una historia personal todavía en proceso de transformación.


La pregunta bíblica no es: “¿Este hombre siempre fue como nosotros?”. La pregunta más seria es: “¿Qué principios defiende hoy?, ¿qué dirección pública propone?, ¿qué frutos visibles muestra?, ¿qué visión de la vida, la familia, la justicia y la verdad está respaldando?”.


Una invitación a corregir el rumbo

Hermanos que hoy apoyan la campaña progresista de izquierda, esta carta no busca humillarlos, acusarlos de mala fe ni negar su sensibilidad frente al dolor social del país. Muchos de ustedes sinceramente desean justicia, paz, inclusión, reparación para las víctimas y atención a los más vulnerables. Esas preocupaciones no son ajenas al corazón de Dios. La Escritura nos llama a mirar al pobre, defender al débil, socorrer al afligido y caminar con misericordia.


Pero precisamente porque la justicia bíblica es santa, no puede separarse de la verdad. Y precisamente porque la paz bíblica es preciosa, no puede confundirse con impunidad. Y precisamente porque la compasión cristiana es real, no puede convertirse en renuncia doctrinal. El creyente no necesita abandonar la verdad de Cristo para preocuparse por los pobres; no necesita comprar una agenda antibíblica para hablar de justicia; no necesita callar frente al pecado para demostrar amor; no necesita someter su conciencia a una ideología para parecer más humano.


Por eso, les invito a corregir el rumbo. No desde la rabia, sino desde la reverencia. No desde el fanatismo político, sino desde el temor de Dios. No desde el desprecio hacia quienes piensan distinto, sino desde la convicción de que nuestra primera lealtad no pertenece a una campaña, a una causa partidista, a un candidato ni a una narrativa cultural, sino a Jesucristo y a su Palabra.


Revisen si el apoyo a esa agenda nace verdaderamente de una conciencia sometida a Cristo o de una identificación emocional con un relato político que usa palabras nobles —paz, justicia, derechos, inclusión, libertad religiosa, diversidad— mientras redefine verdades que Dios ya estableció sobre la familia, la identidad humana, la sexualidad, la autoridad, la vida, la justicia y el arrepentimiento.


No confundamos lenguaje religioso con obediencia a Dios. No confundamos libertad religiosa con una fe domesticada por el Estado. No confundamos pluralismo con silenciamiento de la verdad cristiana. No confundamos paz con permisividad frente al crimen. No confundamos inclusión con aceptación acrítica de toda ideología. No confundamos justicia social con una visión del mundo que desplaza a Dios del centro y convierte al Evangelio en herramienta de un proyecto político.


También les invito a mirar con seriedad el sufrimiento de las iglesias, pastores y comunidades cristianas que en distintas regiones del país están siendo presionadas por actores armados ilegales. Cuando el crimen organizado intimida a la Iglesia, cuando pretende orientar su voto, condicionar su predicación o someter su conciencia, el creyente no puede responder con ingenuidad política. Una paz que no protege a los pastores amenazados, que no defiende a las familias intimidadas, que no enfrenta al violento y que no garantiza libertad para obedecer a Cristo, es una paz incompleta, frágil y moralmente peligrosa.


Y a quienes miran al candidato opositor con sospecha automática por su pasado, su estilo, su conversión reciente o su procedencia católica, también les invito a examinar el corazón. El discernimiento bíblico no consiste en canonizar a ningún político, pero tampoco en descartar a alguien por no venir de nuestro círculo religioso. Dios no está limitado por nuestras cronologías espirituales ni por nuestros filtros denominacionales. El Señor ha usado perseguidores, extranjeros, reyes paganos, hombres formados en imperios idólatras y personas profundamente imperfectas para cumplir su voluntad en la historia.


La pregunta, entonces, no es si un candidato es perfecto. Ninguno lo es. La pregunta es si los principios que defiende, la dirección pública que propone y la visión moral que representa son más compatibles con una conciencia cristiana formada por la Escritura. La pregunta es si estamos dispuestos a evaluar las propuestas con la Biblia abierta, no con la emoción partidista encendida. La pregunta es si vamos a obedecer a Dios antes que a los hombres.


Por eso, hermanos, aún estamos a tiempo de revisar, orar, arrepentirnos si es necesario y decidir con mayor claridad espiritual. No permitamos que la ideología piense por nosotros. No permitamos que el miedo decida por nosotros. No permitamos que la presión cultural nos avergüence de la verdad. No permitamos que ninguna estructura política, mediática, religiosa o armada ocupe el lugar que solo le pertenece a Cristo.


Conclusión: delante de Dios, no de la tribu política

El voto no salva. El candidato no redime. El partido no santifica. Ninguna candidatura merece ocupar el lugar que solo le corresponde a Cristo. Pero eso no significa que la decisión política sea espiritualmente indiferente. Votar también revela qué principios estamos dispuestos a defender, qué males estamos dispuestos a tolerar, qué verdades estamos dispuestos a callar y qué visión del ser humano, de la familia, de la justicia, de la libertad y de la nación estamos dispuestos a respaldar.


La Iglesia no puede entregar su conciencia a la izquierda, a la derecha ni a ningún caudillo. Tampoco puede entregar su voz a los consensos ideológicos de la época, ni su silencio a los grupos armados que amenazan, ni su doctrina a un Estado que pretenda reducir la fe a participación cultural, espiritualidad decorativa o acompañamiento social sin verdad profética. La Iglesia pertenece a Cristo. Su mensaje no se negocia. Su conciencia no se alquila. Su esperanza no depende de las urnas.


Por eso, esta carta no pretende imponer un voto como mandato eclesial. Pretende llamar a la comunidad cristiana a pensar bíblicamente, discernir espiritualmente y decidir con una conciencia limpia delante de Dios. Pretende recordar que la compasión sin verdad se vuelve sentimentalismo; la justicia sin santidad se vuelve ideología; la paz sin justicia se vuelve impunidad; la libertad religiosa sin fidelidad doctrinal se vuelve domesticación; y la valentía sin prudencia se vuelve temeridad.


A los pastores, líderes y creyentes amenazados, les decimos, sean fuertes y valientes, pero también prudentes. No entreguen la conciencia. No vendan la verdad. No permitan que el temor decida lo que debe resolverse en oración delante de Dios. Busquen protección, documenten, denuncien cuando sea posible y seguro, cuiden a sus familias y congregaciones, pero no olviden que la Iglesia ha sido llamada a obedecer a Dios antes que a los hombres.


A los creyentes confundidos por el lenguaje de la ideología, les decimos que vuelvan a la Escritura. Examinen los frutos, no solo las palabras. Evalúen la visión de familia, vida, identidad, justicia, paz y autoridad que hay detrás de cada propuesta. No toda causa que invoca al débil procede del Reino. No toda política que habla de amor honra la verdad. No toda agenda que menciona libertad respeta realmente la libertad de obedecer a Cristo.


A los creyentes que han usado el pasado, la denominación o la conversión reciente de un candidato para descalificarlo automáticamente, les decimos que recuerden la historia bíblica. Dios puede tratar, quebrantar, transformar y usar instrumentos imperfectos. El punto no es convertir a ningún político en pastor, profeta o mesías. El punto es discernir si, en este momento histórico, los principios que defiende se acercan más al orden moral revelado por Dios que aquellos que buscan redefinirlo.


La pregunta final no debería ser: “¿Qué candidato pertenece más a mi tribu política?”. Tampoco: “¿Cuál me resulta más cómodo emocionalmente?”. Ni siquiera: “¿Cuál habla con palabras que suenan más compasivas?”. La pregunta más seria es: “¿Qué decisión puedo tomar delante de Dios con una conciencia limpia, defendiendo la verdad, protegiendo al inocente, honrando la familia, resistiendo la mentira, rechazando el miedo y procurando una paz que no sacrifique la justicia?”.


En tiempos de confusión, el cristiano no está llamado a repetir consignas de izquierda ni de derecha. Está llamado a seguir a Cristo. Está llamado a amar con santidad, hablar con verdad, votar con responsabilidad, resistir con valentía, actuar con prudencia y recordar que, por encima de toda elección terrenal, por encima de todo poder humano, por encima de toda ideología y por encima de toda amenaza, Cristo sigue siendo Rey.

 

#ConexiónREC | Restaurados en Cristo

Por encima de toda elección terrenal, Cristo sigue siendo Rey


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